
Estaban nerviosos. Las palabras entrecortadas, las frases incompletas y los movimientos torpes los delataban. Las manos sudorosas y los pies inquietos confesaban lo que sentían. Era la primera vez que se veían, y tal vez sería la última. Él fumaba sin control. El humo salía de su boca a cada palabra y sonido que emitía. A ella, contrario a desagradarle, le encantaba. Adoraba sentir el olor a tabaco en sus manos y en su aliento. Odiaba eso, contradecirse, porque ahora amaba ese olor que toda su vida había detestado.
Mientras él hablaba ella lo miraba y sonreía. Lo escuchaba atentamente y recordaba las miles de charlas que habían tenido y todas las veces que habían imaginado cómo sería ese momento. Ella se acercó a él un poco más. Ahora se impregnaba del olor al humo de cigarrillo.
De pronto él hizo una pausa en su relato. Observó que ella estaba más cerca, y eso le gustaba. Le encantaba verla riendo mientras la luz tenue se escondía en los rasgos de su rostro, lintentar oírla hablar entre la música fuerte y el murmullo de la gente, le encantaba por fin tenerla cerca, estar a solo centímetros de su cuerpo. Disfrutaba verla cantar esa canción conocida, observarla reírse nerviosamente ante cualquiera de sus comentarios estúpidos, verla acomodarse el pelo cuando ya no sabía que más hacer con sus manos, o simplemente ver su cara de enojo y sus gestos de malhumor cuando premeditadamente él decía algo fuera de lugar.
Ambos sabían lo que querían, por algo estaban ahí. De pronto escucharon esa canción. Si había una canción en el mundo que reflejaba lo que ambo sentían era, precisamente, esa canción. Los dos sonrieron con complicidad. Eran como viejos amantes que tenían un secreto. Se miraron fijamente un largo rato sin decir nada. Todo era como debía ser. Todo era perfecto. Ellos estaban donde querían estar. Las palabras sobraban y el mundo estaba demás.
Se besaron. Sus labios se encontraron en la noche justo en el momento indicado. Y fue en ese instante cuando supieron que eso que sentían, podría terminar en cualquier momento, pero jamás lo olvidarían.
Mientras él hablaba ella lo miraba y sonreía. Lo escuchaba atentamente y recordaba las miles de charlas que habían tenido y todas las veces que habían imaginado cómo sería ese momento. Ella se acercó a él un poco más. Ahora se impregnaba del olor al humo de cigarrillo.
De pronto él hizo una pausa en su relato. Observó que ella estaba más cerca, y eso le gustaba. Le encantaba verla riendo mientras la luz tenue se escondía en los rasgos de su rostro, lintentar oírla hablar entre la música fuerte y el murmullo de la gente, le encantaba por fin tenerla cerca, estar a solo centímetros de su cuerpo. Disfrutaba verla cantar esa canción conocida, observarla reírse nerviosamente ante cualquiera de sus comentarios estúpidos, verla acomodarse el pelo cuando ya no sabía que más hacer con sus manos, o simplemente ver su cara de enojo y sus gestos de malhumor cuando premeditadamente él decía algo fuera de lugar.
Ambos sabían lo que querían, por algo estaban ahí. De pronto escucharon esa canción. Si había una canción en el mundo que reflejaba lo que ambo sentían era, precisamente, esa canción. Los dos sonrieron con complicidad. Eran como viejos amantes que tenían un secreto. Se miraron fijamente un largo rato sin decir nada. Todo era como debía ser. Todo era perfecto. Ellos estaban donde querían estar. Las palabras sobraban y el mundo estaba demás.
Se besaron. Sus labios se encontraron en la noche justo en el momento indicado. Y fue en ese instante cuando supieron que eso que sentían, podría terminar en cualquier momento, pero jamás lo olvidarían.
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